De la visión cabal a la visión mecánica

integridad

Por Patricia Restrepo

En tiempos pasados, el alimento era parte integral de las filosofías vivientes que formaban y desarrollaban el carácter humano. Porque el verdadero significado de filosofía es “el amor a la sabiduría”, y así como el joven indio en su búsqueda, los seres humanos buscaron la sabiduría inherente en las plantas y animales que fueron su comida.

Anterior a la era industrial y de información, los humanos teníamos una perspectiva unificada de la vida. Sostenida de nuestros contactos regulares y continuos con la naturaleza; aprendimos de todas esas experiencias con sumo cuidado, ya que concebíamos a la naturaleza como nuestra fuente, nuestra compañera en la vida y la fuerza perpetua que podría a la vez responder a nuestras necesidades y asegurar el futuro de nuestros retoños.

No nos percibíamos como otro ante la naturaleza, éramos la naturaleza [el jefe Seatlle, líder de la nación Duwanish en el territorio de Washington, expresó este conocimiento en 1854, en su memorable carta al presidente de los EE.UU. Franklin Pierce].

“Sabemos esto … todas las cosas están conectadas como la sangre que nos une a todos. El hombre no teje la tela de la vida, tan solo es una hebra de ella. Lo que le haga a la tela, se lo hace a él”.

Estas metáforas vivientes a cada aspecto de la vida fueron codificadas después en sistemas formales de pensamiento, tal como el antiguo chino “los cinco elementos, cinco transformaciones”, el griego “4 humores”, los sistemas medicinales de Hipócrates, Paracelso, Maimoniles, y otros. Y quizás el más conocido como la medieval “doctrina de las firmas” o el mensaje directo de la naturaleza al hombre.

Gradualmente el curso del “progreso” creó más distracciones de nuestra observación directa de la naturaleza, al mudarse los humanos a ciudades y volverse más segregados de las fuentes de su alimento, el tipo de conocimiento del alimento empezó a desaparecer. Algunos remedios simples sirvieron más tarde como base para lo que sería la moderna medicina farmacéutica, pero mientras los ingredientes y sus efectos físicos fueron transmitidos en su mayoría, se hizo de una forma mecánica, es decir, el conocimiento que los inspiró !no¡.

Con el Renacimiento y la edad de la razón llegó una visión mecánica de la naturaleza y el mundo que nos rodea, en lugar de guiarse por una visión consciente del universo. El estudio de la anatomía, por ejemplo, está basado en la observación de cuerpos disecados —no de gente viva— ¡interesante!. El estudio de nutrición también se basó ampliamente “en la disección” de los “cuerpos de los alimentos” —el análisis de la ceniza dejada luego de incinerar un alimento en un laboratorio—. Tal enfoque abstracto, divorciado de la realidad viviente, no tiene nada en común con la sabiduría del humano de antaño, ya fueran nómadas o agricultores, conocían, tenían que conocer la naturaleza. Tenían que adaptarse a su ambiente constantemente para sobrevivir. En ese proceso mostraron gran respecto y gratitud a la naturaleza, al alimento.

El alimento es la sustancia básica, una palabra que significa literalmente “lo que existe detrás”, así pues el alimento es más que simple combustible, es experiencia viva encarnada. Hoy hemos cambiado mucha de la sabiduría intuitiva y sentido común de nuestros ancestros por la ingenuidad tecnológica de herramientas sofisticadas, química y otras indulgencias.

Muchos de estos nuevos juguetes diseñados para mejorar nuestro estilo de vida son útiles y sirven con un propósito concreto, pero continuamos dirigiendo mucho del progreso ganado por nuestro recién adquirido Dios “ciencia”, emprendiendo la guerra contra nuestro ambiente, nuestra comida, nuestra enfermedad, y contra cada ser.

Tal es el camino de la moderna medicina cosmopolita, un modelo médico que hasta hace poco perdió la mínima conexión con sus raíces planetarias. El folclore del alimento de nuestro pasado “no científico” emerge finalmente como la base de la curación. Y lo que se condenó ayer, como ciega superstición, reaparece como un hecho científico válido hoy.

Ya empezamos a darnos cuenta que así, como nuestros ancestros, debemos aprender a adaptarnos a nuestro medio cambiante, y pronto captamos que nuestro alimento diario, nuestra sustancia, es una unión crítica que nos lo permite.

Si la ciencia puede probar, más allá de dudas razonables, que el alimento es de hecho nuestra mejor medicina, luego la farmacología debe reunirse con su pasado para convertirse en la herramienta de curación que desesperadamente necesita ser.

Pero para que esto suceda tendrá que ocurrir un cambio grande en el modo de percibir la gente el paradigma convencional de alimento y salud.

Bibliografía: Traducción del libro “La energía de los alimentos”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *